Todo en la realidad se divide en dos partes:
La parte interna: el mundo espiritual, el mundo de las raíces, las decisiones y las intenciones.
La parte externa: nuestro mundo, el mundo de las ramas, las consecuencias, acciones y su ejecución.
Nuestro trabajo consiste en revelar la parte interna por medio de las cosas que nos ocurren y las influencias que recibimos. En otras palabras, tenemos que elevarnos del nivel de la acción al nivel de la intención para comprender lo que la Fuerza única y común llamada Naturaleza pide de nosotros y por qué nos desarrolla específicamente de esa manera. Al examinar lo que nos pasa, llegaremos el conocimiento completo de nosotros mismos y de la Naturaleza (o el Creador) incluyendo Su deseo, razón, plan y pensamiento.
Con el fin de adquirir este conocimiento, se tienen que alcanzar los mismos atributos que son inherentes a la Naturaleza: los atributos de otorgamiento, amor y el estado común entre todas sus partes. De otra forma, no lo entenderemos. Si se realizan las mismas acciones de la Naturaleza, las estudiamos y estamos de acuerdo con ellas, entonces alcanzaremos el nivel de la Naturaleza (el Creador). Así es como se alcanza el nivel de Adam (de la palabra Edameh, similar a la Naturaleza, al Creador).
Antiguamente, la Naturaleza no nos juzgaba por la calidad de la conexión entre nosotros. Nos encontrábamos conectados por la Naturaleza dentro de una red (el alma – Adam), pero ella no pedía que implementáramos esta conexión voluntaria y conscientemente.
Siempre estamos avanzando del desarrollo inconsciente al desarrollo consciente. Esto ocurre en nuestras vidas individuales, donde nacemos como criaturas inmaduras y crecemos para convertirnos en adultos inteligentes. Y toda la humanidad atraviesa por este tipo de desarrollo, madurando de generación en generación.
En la vida, la regla es que cada vez que quiero alcanzar un equilibrio, revelo un mayor nivel de desequilibrio. Una persona que desea cien onzas de placer empieza a desear doscientos gramos una vez que obtuvo los primeros 100, para después desear cuatrocientos gramos. Por consiguiente, nunca logra el equilibrio y sin cesar siente la carencia. Las fuerzas de atracción y repulsión nunca están en equilibrio.